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El duro camino de bajar la carga química en el banano

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La transición se viene dando de forma silente desde el 2020, pero el efecto que genera cumplir la orden de compradores europeos, de bajar la carga química en el proceso de producción bananera, empieza a generar preocupación en este sector. En algunos casos se ha vuelto difícil reemplazar ciertos productos para combatir ciertas plagas; en otros, las alternativas que da el mercado son costosas y no tan eficientes.

Hay productos que tienen un efecto para varias plagas, que aplicados a los corbatines que protegen al banano, liberan el químico haciendo que los insectos mueran y caigan.

La Unión Europea (UE) viene desde hace un par de años exigiendo a los principales países proveedores de banano que eliminen o disminuyan los límites máximos de residuos químicos que normalmente aplican para controlar la incidencia de ciertos males que atacan la fruta. A su uso ha establecido fechas topes que empiezan a regir, una vez que se agoten los inventarios. Así, productos como el clorotalovil, el clorpirifos y dicentrina que normalmente han servido para frenar la aparición de la cochinilla, los trips y la temible sigatoka negra, han entrado a la lista de prohibición.

La situación empieza a encender alertas, debido a la dificultad que están teniendo los agricultores para reemplazar una docena de químicos que se han prohibido, por otros más ecológicos. “La sigatoka es una de las enfermedades con mayor incidencia en el cultivo de banano, si no se la controla, la fruta no puede cortarse porque corre el riesgo de madurarse en tránsito”, explica Víctor Hugo Quimí, técnico especializado en banano, quien aclara que, en este caso, “no es que no existan otras moléculas que sustituyan el clorotalovil, sino que las alternativas que hay no son económicas”. La oferta sustituta, añade, está obligando a incrementar ciclos de fumigación lo que, sin duda, aumenta los gastos de producción.

No obstante, dice, la mayor preocupación está en los trips y la cochinilla, para estos males, dice el experto, el mercado aún sigue buscando alternativas. Hay agricultores que ahora mismo están probando con productos orgánicos, pero aún sin resultados.

Un experimento que, según explica Franklin Torres, presidente de la Federación Nacional de Productores Bananeros, está obligando a incurrir en costos adicionales. “Les doy un ejemplo. Nos han pedido eliminar los corbatines con clophiriphos que usamos para atacar los trips, la cochinilla que dañan la calidad de la musácea, pero ese cambio nos está costando hasta un 70 % más. El millar de fundas que antes valía $ 98, ahora está hasta en $ 168”, dice.

Según ha alegado la UE, la política responde a un cambio de consumo que busca salvaguardar la salud humana. Torres responde que esa medida “es perfecta”, pero siempre y cuando se sinceren los costos y se le permita al agricultor tener un precio justo por cada caja de banano. “En Ecuador, los bananeros llevamos los dos últimos años vendiendo la fruta por debajo del precio mínimo de sustentación ($ 6,25) y, lo que es peor, por debajo de los costos de producción”.

Desde el sector exportadores reconocen la gravedad del problema, “por ello estamos teniendo una participación activa en el parlamento, estamos comunicando la forma sostenible en cómo manejamos la producción, estamos pidiendo tiempos y sobre todo detalles científicos para esta transición… el clophiriphos a pesar de ser considerado por estudios como no genotóxico, se lo prohibió con una decisión que muchos creen fue política”, dice José Antonio Hidalgo, director de la Asociación de Exportadores de Banano del Ecuador (AEBE).

El riesgo de todo esto, explica Hidalgo, es el impacto final que esto puede generar en la productividad. No solo preocupa los altos costos de los productos orgánicos sustitutos, al que no todos tienen acceso, sino la poca efectividad que estos puedan tener.

“La prohibición de estas moléculas está obligando el uso de otras que no son tan eficientes y que pueden bajar los niveles de producción”.

AEBE no deja de anotar esta prohibición de químicos, como uno de los factores que habrían incidido ya en los bajos envíos de la fruta el año pasado. “En el 2020, vendimos 388 millones de cajas, para el 2021, la proyección de cierre es de 375 millones, eso es 3,4 menos”, señala el dirigente.

El llamado al bloque de países europeos es que flexibilizar la medida o, a su vez, que extienda la mano al sector para que este pueda sumarse al pacto verde que tanto se quiere. “Si se comprueba que existe un sustituto que se ha desarrollado a nivel global con la misma efectividad y si a nivel de costos, ellos están dispuestos a asumirlos, que mantengan esta exigencia”.

Para Hidalgo este cambio debe demandar una responsabilidad compartida. La industria bananera ecuatoriana, dice, es respetuosa de políticas externas y está dispuesto a seguir la tendencia que se quiera marcar, “pero con el debido soporte científico, con la debida coherencia económica, porque si me cuesta más y ellos quieren pagar menos, no hay coherencia”, asegura.

 

  • Experimentar en lo orgánico

La idea de ajustarse a los requerimientos del mercado internacional, en cuanto a reducir la carga química del banano, no es tan descabellada para productores como Milton Chichande, siempre y cuando, las alternativas que se usen dejen ganancias aceptables.

Con más de 20 años dedicado a la producción de banano en la parroquia Mariscal Sucre, del cantón Milagro, Chichande tomó la difícil decisión de empezar en marzo del año pasado a experimentar con productos orgánicos, cuando estaba en riesgo de perder la plantación como consecuencia de la sigatoka y su falta de recursos para combatirla. Su finca, de cinco hectáreas, fue considerada por una empresa trasnacional, como parte de un plan piloto que busca producir banano orgánico, sin mucho químico, tal como lo requiere la Unión Europea. “Hemos hecho ya diez ciclos de aplicación con los nuevos productos y hasta el momento están dando buenos resultados”.

Con la aplicación del sistema orgánico, queda en el pasado el uso de fungicidas y del tradicional corbatín, que no es otra cosa que una lámina plástica cargada de químicos que es colocada entre los racimos del banano para evitar plagas como la cochinilla. Ahora, esta se la controla con fumigaciones al ambiente, al tallo y sin tocar la fruta. “Para eso se usan sales y jabones potásicos lo que vuelve más barato el procedimiento”, reconoció Chichande.

La transición de lo tradicional a lo orgánico inició hace 10 meses. Ahora la expectativa es ver que los números jueguen a su favor. Es decir, que el monto de inversión sea igual o menor a las ganancias. Chichande, semanalmente tiene una producción de 45 a 50 cajas de banano por hectárea y un promedio de 2.400 a 2.600 por año. Su meta ahora es producir mínimo 3.000 cajas por hectáreas al año. ML

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